Contratar por actitud: las preguntas que sí sirven

Nueve preguntas de conducta pasada, la prueba de piso de 90 minutos y los 30 días de ley: cómo se corre, cómo verificas al día 30 y qué haces si falla.

Por , fundador de Mr. Gimnasios · San Luis Potosí · · 27 min de lectura

Contratar por actitud: las preguntas que sí sirven

Casi todos los dueños de gimnasio contratan por currículum y despiden por actitud. Eso no es mala suerte: es que la entrevista mide lo que no importa. A usar el sistema de acceso, a hacer corte de caja y a nombrar cuarenta máquinas se enseña en dos semanas. A voltear cuando se abre la puerta no se enseña en dos años. Contratar por actitud tampoco es contratar por corazonada: es un procedimiento de tres piezas que cualquiera puede correr. Nueve preguntas de conducta pasada, que obligan al candidato a contar un hecho con fecha, nombre y desenlace en lugar de describirse a sí mismo. Una prueba de piso de 90 minutos con socios reales, donde observas ocho conductas concretas y no una sola opinión. Y el periodo a prueba de hasta 30 días que permite el artículo 39-A de la Ley Federal del Trabajo para puestos operativos, usado como lo que es: la última parte de la entrevista. Todo junto te cuesta unas cuatro horas repartidas en dos semanas. Equivocarte en la contratación de una recepción cuesta tres meses de sueldo tirados, seis socios que se van por el trato y unas cuarenta horas tuyas metidas en algo que ya no tenía arreglo.

El martes que elegiste al del currículum

Dos candidatos para recepción, un martes a las cinco de la tarde. El primero llega con carpeta: bachillerato terminado, diplomado en atención a clientes, certificación en un software de gimnasios que tú ni usas, dos años en una cadena. Contesta bien. Dice “me considero una persona responsable y proactiva”. Dice que le apasiona el fitness. Se sienta derecho, no se mueve, no pregunta nada.

La segunda llega diez minutos antes. Mientras espera, se levanta y le abre la puerta a una señora que venía con la bolsa del gym y el celular en la mano. Cuando te sientas con ella, lo primero que dice es “oiga, ¿siempre se junta así la fila a esta hora?”. No trae diplomado. Trabajó dos años en una tienda de ropa y ocho meses en una cafetería. Su currículum cabe en media hoja.

Contratas al primero. Por la razón que parece más sensata del mundo: “ya sabe el sistema, no voy a perder tiempo capacitando”. Tres meses después lo corres porque los socios se quejan de que no saluda, de que contesta sin levantar la vista, de que cuando alguien pregunta algo dice “no sé” y se queda ahí. Y tú, que lo contrataste por el currículum, lo corres por la actitud.

Ese es el error completo, y se repite en casi todos los gimnasios independientes de México. No es un error de criterio: es un error de método. Estás midiendo en la entrevista exactamente aquello que sí se puede enseñar, y estás dejando sin medir lo único que no.

Lo que se enseña en dos semanas y lo que no se enseña en dos años

Antes de armar preguntas, hay que separar dos columnas. Todo lo que cae en la primera es capacitación: se escribe, se enseña, se corrige y en quince días está andando. Todo lo que cae en la segunda no es capacitación, es carácter, y si no llegó puesto no lo vas a instalar tú. La trampa es que la columna de la izquierda es la que se ve en un currículum, y la de la derecha es la que se ve en el piso.

Se enseña en dos semanasNo se enseña en dos años
Usar el sistema de acceso y dar de alta una membresíaVoltear a la puerta cuando suena el torniquete
Hacer corte de caja y cuadrar la terminalLevantarse del banco sin que se lo pidan
El guion de bienvenida y el de precioQue le incomode ver una mancuerna tirada en el piso
Los nombres de las cuarenta máquinas y para qué sirve cada unaAcordarse del nombre del socio a la tercera visita
Llenar la hoja de incidencias y el reporte de turnoAvisar a las 6:40 de la mañana que va a llegar tarde
Armar la rutina de un principiante de cuarenta añosPreguntarle a la señora cómo salió la operación de su mamá
Responder un WhatsApp con la estructura correctaDecir “yo lo resuelvo” antes de que alguien se lo pida
El protocolo cuando alguien se lesionaAguantar a un socio molesto sin ponerse a la defensiva
Cobrar una reactivación y aplicar la política de morosidadDecir “no sé, déjeme preguntar” en vez de inventar
Limpiar el equipo con el químico correctoVer la huella del disco en el espejo y limpiarla sin rol de limpieza

Lee la columna derecha completa. Ninguna de esas conductas requiere estudios ni experiencia previa en gimnasios. Todas requieren una sola cosa: que a la persona le importe que otra persona esté ahí. Y todas son observables. Ese es el punto: no estoy hablando de “buena actitud”, una etiqueta que no se puede medir ni corregir, sino de conductas que ocurren o no ocurren y que puedes contar con una libreta parado en tu propia recepción.

Por eso el problema de fondo de un equipo que no ejecuta lo que el negocio necesita casi nunca se arregla con más juntas. Se arregla más arriba, en la puerta de entrada. Una persona de la columna derecha, con dos semanas de capacitación, te da un año bueno. Una persona sin la columna derecha, con todos los diplomas del mundo, te va a costar la cuenta que verás al final de este artículo.

La entrevista sentada no revela nada, y esto sí

La entrevista tradicional falla por una razón estructural: es una conversación entre dos personas sentadas, en la que una de ellas tiene todo el incentivo para describirse como quiere ser vista y ninguna obligación de probarlo. Tú preguntas “¿cómo te describirías?” y recibes un adjetivo. Preguntas “¿cómo manejas la presión?” y recibes una teoría. Preguntas “¿qué harías si un socio te grita?” y recibes una escena imaginaria, escrita en tiempo real por alguien que quiere el trabajo. Nada de eso pasó nunca. Nada de eso es verificable.

Peor: la entrevista sentada premia exactamente el perfil que no necesitas en un gimnasio. Premia al que habla bonito, al que tiene labia, al que ya fue a diez entrevistas y se sabe el libreto. Y castiga al tímido que se levanta a ayudar, que en un gimnasio vale diez veces más que el elocuente que no se mueve.

Hay tres cosas que sí revelan algo, y las tres están fuera de la silla.

La primera: lo que hizo antes de la entrevista. ¿A qué hora llegó? ¿Qué hizo mientras esperaba —se quedó en el celular, vio el gimnasio, le abrió la puerta a alguien, saludó al de limpieza? ¿Preguntó algo que revele que estuvo mirando? Esos ocho minutos de sala de espera te dicen más que los cuarenta de entrevista. Pídele a tu recepcionista actual que anote qué hizo el candidato mientras esperaba, sin decirle al candidato que se está anotando nada.

La segunda: hechos pasados, contados con detalle. Nadie puede inventar en tiempo real una historia con fecha, nombre, diálogo y consecuencia sin que se le noten las costuras. El que vivió la escena la cuenta con basura alrededor: el día de la semana, cómo se llamaba el cliente, qué le dijo su jefe después. El que la está inventando la cuenta en general, en presente, y en tercera persona del plural: “pues uno siempre trata de calmar al cliente”.

La tercera: cómo se comporta con socios reales, de pie, en tu piso. No hay sustituto. Esto es la prueba de piso y le dedico una sección completa más abajo.

Las nueve preguntas que sí revelan algo

Estas nueve preguntas tienen una sola cosa en común: todas piden un hecho que ya ocurrió. No “qué harías”, sino “qué hiciste”. No “cómo eres”, sino “cuéntame la última vez”. Se hacen en ese orden, tardan unos cuarenta minutos, y a la cuarta ya sabes si estás perdiendo la tarde.

Una regla antes de la tabla: después de cada respuesta, haz una sola repregunta. “¿Y qué te dijo él exactamente?” o “¿cómo se llamaba?” o “¿y qué pasó al día siguiente?”. La repregunta es donde se cae el que está inventando. La primera respuesta se puede preparar en casa. La segunda no.

La preguntaQué buscas en la respuestaBandera roja
“Cuéntame del último cliente que se te puso enojado enfrente. ¿Qué te dijo y qué hiciste tú en los cinco minutos siguientes?”Que se haya quedado parado ahí. Que baje la voz, que use el nombre del cliente, que resuelva o escale. Que no se lo haya tomado personal.“Nunca me ha pasado.” En dos años de atención a clientes eso es imposible: o no atendió, o no se acuerda porque no le importó.
“¿Cuál fue la última vez que hiciste algo en el trabajo que nadie te pidió? ¿Qué era y quién se dio cuenta?”Una acción chica y concreta: acomodó la bodega, llamó a un cliente que no volvía, cambió un foco. Mejor si nadie se dio cuenta.Que la respuesta sea una tarea grande y heroica, o que sea “siempre hago cosas de más”. La iniciativa real es pequeña y específica.
“Dime el nombre de un compañero con el que no te llevabas. ¿Cómo le hacían para trabajar juntos?”Que dé el nombre sin drama y que describa un acomodo práctico: se repartieron turnos, hablaron, se aguantaron con reglas.“Yo me llevo bien con todos.” Es la respuesta de quien ya decidió no decirte nada. Insiste una vez; si repite, anótalo.
“¿Por qué te saliste de tu último trabajo? Y ¿qué te hubiera hecho quedarte?”Una razón concreta y una condición concreta. La segunda mitad es la buena: te dice qué necesita para no irse de aquí.Que todo el relato sea culpa del jefe anterior. El que despelleja a su ex patrón enfrente de ti te va a despellejar a ti enfrente del siguiente.
“Cuéntame de una vez que te equivocaste y le costó dinero o un cliente a tu jefe. ¿Cómo se enteró?”Un error real, y sobre todo: que se haya enterado porque el candidato se lo dijo. Ahí está la honestidad operativa.“No me acuerdo de ninguna.” O un error de utilería (“soy muy perfeccionista”). El que no admite errores tampoco reporta faltantes de caja.
“En tu último trabajo, ¿a qué hora llegabas y a qué hora entrabas?”Que note la diferencia entre las dos horas y la explique sin que se la expliques. Diez o quince minutos de margen es lo normal de alguien confiable.Que conteste una sola hora, o que se ría. El que entra corriendo a la hora exacta hoy, el año que viene entra tarde.
“Cuéntame la última vez que alguien te dijo que estabas haciendo algo mal. ¿Quién te lo dijo, con qué palabras y qué hiciste después?”Que recuerde la frase, no el sentimiento. Que lo que hizo después sea una acción, no una explicación.Que la anécdota termine en “pero yo tenía razón”. Ese candidato te va a convertir cada corrección en una negociación.
“¿Cuándo fue la última vez que cubriste a alguien que faltó? Cuéntame ese día.”Detalles del día: qué le movió, si avisó en su casa, si alguien se lo agradeció. Y si lo cuenta sin cobrártelo.Que lo cuente como factura pendiente: “y ni las gracias me dieron”. Es el que a los tres meses te reclama cada favor.
“Dime tres clientes de tu último trabajo por su nombre y algo de cada uno que no tenga que ver con lo que compraban.”Tres nombres y tres datos humanos: el señor que venía por su hija, la maestra que siempre pagaba en efectivo. Esto no se puede fingir.Cero nombres. No es mala memoria: es que atendía transacciones, no personas. En un gimnasio esa es la falla más cara de todas.

La novena pregunta es la que más gente descarta, y por eso la dejo al final. Alguien que estuvo dos años atrás de un mostrador y no puede nombrar a tres clientes no vio a nadie. En una tienda de ropa eso se sobrevive. En un gimnasio, donde la permanencia del socio depende de que alguien note si dejó de venir, es incapacitante.

La prueba de piso: 90 minutos con socios de verdad

Aquí es donde se decide de verdad. La prueba de piso no es una dinámica ni un juego de roles: es un turno corto, pagado, con socios reales, en tu horario real. Tres reglas que la hacen funcionar:

Se hace con socios reales y no en privado. Un candidato actuando frente a ti, en una oficina, actúa. El mismo candidato en hora pico, con doce personas entrando y una señora preguntando por el vapor, deja de actuar a los once minutos. No puede sostenerlo. Nadie puede.

Se paga. Noventa minutos de trabajo se pagan, aunque no lo contrates, y se pagan a la tarifa por hora del puesto que estás cubriendo. No es un gasto: es lo que te compra el derecho de pedirle que trabaje de verdad y no que te haga un favor. Y te ahorra un problema si después esa persona reclama.

Tú no supervisas de cerca. Te pones a hacer otra cosa a quince metros. Que lo acompañe tu recepcionista actual o tu entrenador de confianza, no tú. Delante del dueño todo el mundo se comporta; el punto es ver qué hace cuando cree que nadie está midiendo.

PuestoQué le pidesQué observasCuánto duraQué lo descarta en el acto
RecepciónQue esté detrás del mostrador de 6:00 a 7:30 de la tarde con tu recepcionista al lado. Que salude, que registre entradas, que conteste dos WhatsApp con el guion en la mano y que atienda a un prospecto que llegue a preguntar precio.Si voltea a la puerta cuando entra alguien. Si se levanta o contesta sentado. Si mira a los ojos o a la pantalla. Si usa el nombre. Si al segundo socio ya está saludando primero. Si pregunta cuando no sabe. Qué hace en los huecos de dos minutos sin gente.90 minutos, en hora picoQue saque el celular. Que deje pasar a tres personas sin voltear. Que conteste “ahorita viene el encargado” a una pregunta que podía preguntar.
EntrenadorQue esté en el piso de 11:00 a 12:30, sin clase asignada. Que le explique dos máquinas a quien se las pida, que corrija una sentadilla y que acompañe una serie completa a un socio nuevo que le presentas.Si camina el piso o se queda en una esquina. Si corrige sin humillar y con una sola indicación a la vez. Si le pregunta al socio por su objetivo antes de corregirle la técnica. Si acomoda discos sueltos al pasar. Si se acerca al socio que está solo y perdido o espera a que le pregunten.90 minutos, en hora mediaQue se ponga a entrenar él. Que corrija a alguien delante de otros tres con tono de regaño. Que se meta al celular entre socio y socio.
Los dos, al cerrarDiez minutos sentados contigo: “¿qué viste que aquí hacemos mal?” y “¿de quién te acuerdas del nombre?”.Si vio algo concreto y se atreve a decirlo. Cuántos nombres retuvo en 90 minutos. Si habla de personas o de tareas.10 minutos“Todo bien, todo muy bonito.” El que no vio nada en 90 minutos tampoco va a ver nada en un año.

Dos nombres retenidos en noventa minutos es normal. Cinco es excelente. Cero, con un candidato que estuvo parado en recepción viendo entrar a cien personas, es una respuesta completa. Y fíjate en algo que pasa siempre: el candidato con menos experiencia formal suele ganar esta prueba. Es el mismo hallazgo que aparece cuando uno se pone a capacitar entrenadores para que retengan socios: la parte técnica se instala rápido; la parte de acercarse a un desconocido, no.

El periodo a prueba: lo que dice la ley y cómo se usa bien

El periodo a prueba es la última parte de la entrevista, no el trámite con el que estrenas empleado. Y está en la ley, escrito, con límites claros. Conviene leerlos antes de improvisar.

El artículo 39-A de la Ley Federal del Trabajo permite que en las relaciones por tiempo indeterminado, o en las que excedan de 180 días, se establezca un periodo a prueba que no puede exceder de treinta días, con el único fin de verificar que el trabajador cumple con los requisitos y conocimientos necesarios para el puesto. Ese plazo se extiende hasta 180 días sólo para puestos de dirección, gerenciales, o para labores técnicas o profesionales especializadas. Para tu recepción y tu entrenador de piso, el número es treinta días. La misma ley aclara que durante ese periodo el trabajador disfruta del salario y de la seguridad social que correspondan a su categoría: el periodo a prueba no es trabajo informal ni trabajo barato, y el alta ante el IMSS corre igual, con todo lo que eso implica en cuota patronal y prima de riesgo.

Hay dos detalles que casi nadie conoce y que valen dinero. El artículo 39-D establece que los periodos a prueba y de capacitación inicial son improrrogables, y que dentro de la misma empresa no pueden aplicarse al mismo trabajador de manera simultánea o sucesiva, ni en más de una ocasión, ni aun cuando se trate de puestos distintos o de un ascenso. Es decir: tienes un tiro. Si dejas correr los treinta días “para ver cómo va”, ya lo usaste. Y el artículo 47, en su fracción I, contempla como causa de rescisión sin responsabilidad para el patrón que el trabajador lo haya engañado con certificados o referencias falsas, pero esa causa deja de tener efecto después de treinta días de prestado el servicio. Otro reloj de treinta días.

Cómo se usa bien, en la práctica: el día uno le entregas por escrito qué se va a evaluar. No “desempeño general”: las ocho o diez conductas de la columna derecha, redactadas como conductas. “Saluda a todo el que entra, de pie, en los primeros cinco segundos.” “Reporta el faltante de caja el mismo día.” Los días 10 y 20 te sientas quince minutos y le dices cómo va, con hechos. El día 28 decides. No el 31, no el 45 porque te dio pena.

Y si decides que no, la decisión se documenta y se comunica de frente. La misma ley pide que, cuando se rescinde, el patrón entregue aviso escrito al trabajador con la conducta o conductas que motivan la rescisión y las fechas en que ocurrieron, o lo haga del conocimiento del Tribunal dentro de los cinco días hábiles siguientes; la falta de ese aviso presume, por sí sola, una separación injustificada. Eso no es letra chica: es la diferencia entre cerrar un capítulo y pagar una demanda. Si tu entrenador además está fuera de nómina, el problema se multiplica, y ahí la discusión completa está en lo que te cuesta tener al entrenador por honorarios.

Tres banderas rojas que aparecen en la entrevista y casi nadie ve

Uno: habla en plural impersonal. “Pues uno trata de ser amable”, “lo que se hace es calmar al cliente”, “se busca siempre dar el mejor servicio”. Cada vez que alguien contesta una pregunta sobre su propia conducta en tercera persona, está describiendo lo que debería hacerse, no lo que hizo. Cuéntalas. Tres “uno” seguidos en respuestas a preguntas con “tú” son suficiente señal.

Dos: no pregunta nada, o pregunta sólo por él. Al final de toda entrevista dices “¿tú qué quieres preguntar?”. El que no pregunta nada no vino con curiosidad, vino por el sueldo, y eso está bien pero no es lo que buscas en recepción. El que sólo pregunta por horario, sueldo, vacaciones y días de descanso te está diciendo en qué va a pensar todos los días. La pregunta que quieres oír es de las otras: “¿cuántos socios tienen?”, “¿a qué hora se llena?”, “¿el que está en el mostrador también vende?”. Eso es alguien imaginándose adentro.

Tres: cuenta bien y con cariño las historias en las que él se salvó, y cuenta mal las historias en las que otro se benefició. Escucha los verbos. “Yo levanté la venta del mes”, “yo resolví lo del cliente” frente a “nos fue bien”, “entre los dos lo sacamos”. No se trata de castigar al que habla en primera persona: se trata de notar al que nunca menciona a nadie más. En un gimnasio, donde el turno de la mañana depende de lo que dejó anotado el de la noche, el que no ve compañeros es un costo.

Ninguna de las tres descarta sola. Las tres juntas, sí.

El conocido, la referencia y las preguntas que de verdad sirven

Hablemos del error más común y más caro: contratar al conocido. Al primo, al compadre, al socio que lleva cinco años entrenando ahí y que un día dijo “oye, si necesitas gente, yo te ayudo”. Lo haces porque es cómodo, porque le tienes confianza y porque te ahorras el proceso. Y ahí empieza el problema: contratar a alguien de confianza no es lo mismo que contratar a alguien confiable en un puesto. La confianza te dice que no te va a robar. No te dice que va a saludar.

Lo que hace tóxico al conocido no es la persona, es la asimetría: a esa persona no la puedes corregir igual, no la puedes descontar igual, no la puedes correr igual. Y tu equipo lo ve. En el minuto en que el resto entiende que hay uno que no se rige por las mismas reglas, se acabó tu autoridad para pedir cualquier cosa. Es la misma mecánica que destruye el control sobre los entrenadores: no es que hagan lo que quieren, es que aprendieron que no pasa nada.

Si ya lo hiciste, se arregla así, y no hay atajo. Una conversación a solas, fuera del gimnasio, de diez minutos: “Te contraté porque te conozco, y eso me salió mal a mí, no a ti. A partir del lunes te voy a tratar como trato a cualquiera del equipo: mismo horario, mismo estándar, misma revisión. Si algo no se cumple, te lo voy a decir igual que se lo digo a los demás. Prefiero perder la amistad haciendo esto bien que perderla cuando esto se caiga.” Luego lo cumples, empezando esa misma semana con la primera corrección que traías guardada. Si no te sientes capaz de cumplirlo, no lo digas: mejor ayúdale a encontrar otro trabajo y termina limpio.

Qué se le pregunta a la referencia anterior

Llamar a la referencia y preguntar “¿cómo era?” es perder la llamada. Nadie va a hablar mal por teléfono de alguien que ya no trabaja con él. Vas a recibir “muy buena persona”, y colgaste sin datos. Estas cinco preguntas, en este orden, sí devuelven información:

  • “¿Volvería a contratarlo?” Es la única pregunta cerrada, y la pausa antes del sí vale más que el sí.
  • “¿En qué puesto sí y en cuál no?” Obliga a diferenciar, y ahí sale la verdad sin que nadie tenga que hablar mal.
  • “¿Cómo reaccionaba cuando usted lo corregía?” Pregunta por la conducta del candidato ante la autoridad, que es la que más te va a doler.
  • “¿Faltó alguna vez sin avisar? ¿Cuántas veces en el año?” Un número. Si el otro no lo tiene, va a decir algo aproximado y eso también sirve.
  • “Si yo lo contrato, ¿qué me recomienda cuidarle desde el primer mes?” Esta es la que abre la puerta. Casi siempre te dan la falla real, presentada como consejo.

Dos llamadas de seis minutos cada una. Si en la segunda te dicen lo mismo que en la primera, ya tienes tu respuesta.

Cómo se instala esto cuando el que entrevista no eres tú

Un gimnasio de cuatro empleados contrata dos o tres veces al año, casi siempre con prisa y casi siempre cuando alguien ya renunció. Por eso este procedimiento no se sostiene con memoria: se sostiene porque está escrito en una hoja y porque hay alguien más que lo sabe correr. Si el único que puede entrevistar eres tú, la próxima vacante te va a agarrar en la misma semana en que se descompuso el aire, y vas a volver a contratar al del currículum por la misma razón de siempre: era el que estaba disponible el martes.

Lo primero es separar qué se reparte y qué no. La decisión final es tuya y no se delega; contratar y despedir es de las pocas cosas que sólo puede firmar el dueño. Todo lo demás sí se pasa. Tu encargado, o la persona de recepción con más antigüedad, puede filtrar por teléfono, correr las nueve preguntas, acompañar la prueba de piso y hacer las dos llamadas a referencias. Tú entras dos veces: veinte minutos con cada finalista, y la decisión. Eso convierte un proceso de cuatro horas tuyas en uno de una hora tuya.

Con qué se ensaya. Con la silla vacía y contigo de candidato. Le entregas la hoja con las nueve preguntas y tú contestas como contesta el que está inventando: en plural impersonal, sin nombres, en presente. Su trabajo es notarlo y meter la repregunta. Dos rondas de veinte minutos, en dos días distintos. La segunda ronda va al revés: él pregunta, tú contestas bien, y al terminar le dices en voz alta por qué esa respuesta sí servía. En cuarenta minutos de ensayo deja de leer las preguntas y empieza a escuchar las respuestas, que es toda la habilidad.

Quién participa y en qué momento. Quien esté en el mostrador anota qué hizo el candidato mientras esperaba, sin decirle nada al candidato. La prueba de piso la acompaña el entrenador de confianza o la recepcionista de más años, nunca tú, porque delante del dueño todo el mundo se comporta. Y el que va a ser el jefe directo de esa persona tiene que estar en la conversación de cierre: quien no participó en la contratación no defiende la corrección tres meses después. Se lava las manos, y con razón.

Cuánto tarda en pegar. Dos procesos completos. El primero lo corren juntos y sale largo, porque se va a detener a preguntarte cosas que la hoja no dice. El segundo lo corre él y tú sólo lees sus notas antes de conocer a los finalistas. Del tercero en adelante es una rutina de la casa. En semanas eso son entre tres y cinco, y no hay manera de acortarlo porque depende de que aparezcan vacantes reales: un ensayo enseña la forma, sólo un candidato de verdad enseña el oficio.

La hoja que sostiene todo esto cabe en una cuartilla y lleva cuatro cosas: las nueve preguntas en orden, las conductas que se observan en los noventa minutos de piso, las cinco preguntas de la llamada a referencias, y una línea que diga quién decide. Se pega en el archivero, no en el celular. Un procedimiento que vive en el celular de alguien no existe el día que ese alguien no vino.

Cómo sabes, a los treinta días, que contrataste bien

La contratación no se evalúa con una sensación ni preguntándole al equipo si les cae bien. Se evalúa con conductas que aparecen en un orden bastante predecible y que puedes verificar tú, parado, sin abrir el sistema y sin preguntarle nada a nadie. Treinta días no es un plazo arbitrario: es el mismo que te da la ley para decidir, así que conviene que las señales lleguen antes.

  • Día 3: dice el nombre de un socio que tú no le presentaste. No que se sepa el padrón. Uno. Lo aprendió porque preguntó o porque lo oyó, y las dos cosas valen igual.
  • Semana 1: el conteo de la puerta. Te paras diez minutos en un rincón, en hora media, y cuentas cuántos de los que entran reciben un saludo con la cara levantada. Ocho de cada diez está bien. Cuatro de diez en la primera semana es normal y se corrige. Cuatro de diez a los treinta días no es timidez: es la respuesta.
  • Semana 2: te reporta un error propio antes de que lo descubras. Un faltante de caja, un cobro mal aplicado, un mensaje que se le olvidó contestar. Ésta es la señal más difícil de fingir y la más cara de perder, porque el que reporta sus errores te está regalando visibilidad sobre un turno en el que tú no estás.
  • Semana 3: alguien del equipo le pregunta algo a él. Cuando el que lleva tres semanas empieza a ser consultado por el que lleva dos años, la persona ya entró de verdad. Eso no se pide y no se puede fingir desde afuera.
  • Semana 4: un socio lo nombra en una conversación contigo. “Ya me dijo la muchacha nueva que el sábado abren a las siete.” Que un socio use su nombre a las cuatro semanas significa que la persona existe en el piso, no atrás del mostrador.

Y la señal de que va mal, que es una sola y no hace falta buscarle más: al día treinta sigues explicando lo mismo que explicaste el día tres. No cosas nuevas, que sería normal. La misma. Si a la cuarta semana todavía tienes que decir “acuérdate de levantarte cuando entren”, ya no es capacitación pendiente, es la conducta que no vino incluida y que no vas a instalar tú.

Dos conteos de diez minutos, en semanas distintas y en el mismo horario, son toda la evaluación de desempeño que necesitas al día 28. La diferencia entre el primer conteo y el segundo dice más que cualquier formato. Y tiene una ventaja que conviene aprovechar: como es un número, se puede decir sin adjetivos. “La primera semana saludaste a cuatro de diez; esta semana a nueve de diez” es una conversación que no ofende a nadie.

Qué haces cuando el que entró se apaga a las seis semanas

Va a pasar, y pasa casi siempre en el mismo punto: entre la quinta y la octava semana. El que entró saludando de pie deja de levantarse. El que preguntaba todo deja de preguntar. No es que te haya engañado en la entrevista. Es que el estándar dejó de nombrarse en algún momento de la tercera semana, cuando tú dejaste de mirar porque ya te habías quedado tranquilo, y la persona hizo lo que hace cualquiera: se acomodó al nivel de exigencia que se sigue viendo, no al que se dijo el primer día.

Se atiende con dos conversaciones y un límite. Van con guion, porque lo que cambia entre la primera y la segunda no es el tono, es lo que se nombra.

MomentoQué dices, textualQué nunca dicesQué esperas ver después
Primera conversación, dentro de las 48 horas de que lo viste“Ayer entre siete y siete y veinte entraron seis y no levantaste la vista con ninguno. En tu primera semana lo hacías con todos, por eso te lo digo. ¿Cambió algo o se te fue de la cabeza? … De aquí al viernes cada persona que entra recibe un saludo de pie. El viernes a las once lo revisamos cinco minutos.”“Ya se te acabó el entusiasmo, ¿verdad?” Nombrar la actitud en vez de la conducta convierte la conversación en un juicio sobre quién es la persona.Que el conteo de la puerta vuelva a ocho de diez esa misma semana. La primera vez casi siempre alcanza con esto.
La revisión, el día que dijiste“Conté dos veces esta semana: nueve de diez y ocho de diez. Así queda. Gracias.” Y se acabó, en treinta segundos.Nada. No la canceles, no la pases para el lunes y no la sustituyas por un mensaje. La revisión que no ocurre le enseña que la corrección tampoco iba en serio.Que la conducta se sostenga tres semanas sin que la vuelvas a nombrar.
Segunda conversación, si volvió a caer“Es la segunda vez que lo hablamos, y eso es lo que cambia. La primera fue un descuido; ésta ya es una decisión. Esto es parte de tu puesto y tu puesto se evalúa por esto. Lo revisamos otra vez el viernes 26, y esta vez lo estoy anotando.” Y lo anotas delante de la persona.“A ver si ahora sí.” “No me hagas ponerme pesado.” Las dos avisan que todavía no pasa nada, y la persona te va a creer.Un cambio que se sostiene más de tres semanas, o la confirmación de que no lo va a haber. Las dos respuestas sirven.
El límite“Esto no está funcionando para ninguno de los dos. Vamos a cerrarlo bien: te doy dos semanas, te pago completo lo que corresponde y te doy carta si te sirve.”Dejarlo correr seis meses más porque conseguir gente cuesta trabajo. Cuesta más el turno que se degrada alrededor.Una salida limpia, en frío, sin sermón y sin público.

Hasta dónde llega la paciencia, dicho sin rodeos: dos conversaciones con fecha y una revisión cumplida de cada una. Eso son unas tres semanas. Si a la segunda revisión la conducta no se sostiene, no falta capacitación; falta la conducta, y ésa era justamente la que no se enseña. Con alguien que lleva tres años y un historial bueno, la paciencia es otra y se gana. Con alguien de seis semanas, no hay historial que compensar.

Un detalle de calendario que ahorra mucho dinero: si esto aparece dentro de los primeros treinta días, la decisión es la del periodo a prueba y ya está explicada arriba. Si aparece en la semana seis, ese reloj ya se acabó y lo que sigue es corrección documentada, con conductas y fechas por escrito, que es exactamente lo que la ley pide después. El dueño que corrigió bien en la semana seis llega a esa hoja con el trabajo hecho.

Lo que cuesta contratar al equivocado

Aquí van los pesos, dos cifras y en un solo párrafo, porque son la consecuencia y no el argumento. Sobre el caso modelo de esta casa —268 socios activos, cuota de $580, una recepción de $9,500 al mes— una contratación equivocada que dura tres meses se lleva esos tres sueldos, seis socios que se fueron por el trato, cuatro prospectos que no se inscribieron con quien los atendió mal, el finiquito de ley y el arreglo para cerrar sin demanda porque no documentaste nada. Contado como se siente, que es en socios: alrededor de ciento cincuenta y cinco mensualidades, más unas cuarenta horas tuyas de capacitar, supervisar y volver a reclutar. Con 268 socios en el padrón, es como si más de la mitad de tu base dejara de pagar un mes completo.

Y esa cuenta no incluye lo que no se puede sumar: los socios que se fueron sin decir por qué, la reseña de una estrella que se queda publicada tres años, y el desgaste de tu propio equipo, que pasó tres meses cubriendo a alguien que no hacía su parte y que ahora tiene que capacitar al que sigue. Ese desgaste es, por cierto, la causa silenciosa de que después se te vayan los buenos; el mecanismo completo está en por qué se van los entrenadores que sí sirven.

Del otro lado, el procedimiento completo —nueve preguntas, noventa minutos de piso, dos llamadas a referencias y treinta días de prueba bien usados— te cuesta unas cuatro horas la primera vez y una hora cuando ya lo corre alguien más. No garantiza nada al cien por ciento. Baja el error de una de cada dos contrataciones a una de cada cinco, que en un gimnasio de cuatro empleados es la diferencia entre pasar el año dirigiendo y pasarlo tapando huecos.

Conviene decir hasta dónde llega un artículo. Esto alcanza para instalar una pieza: elegir mejor a quien entra y saber a los treinta días si le atinaste. No alcanza para rediseñar cómo se dirige un gimnasio completo, que es otra cosa y toma otro tiempo: funciones escritas por puesto, tablero semanal, estándares que alguien revisa cuando tú no estás, y la manera de sostener todo eso durante un año y no durante dos semanas. Ese sistema entero, con sus formatos, está en el manual Gimnasio Profesional; instalarlo con el dueño adentro es lo que hacemos en la capacitación presencial y en la consultoría. No hace falta que compres nada para usar lo de arriba: las nueve preguntas y la prueba de piso funcionan igual leídas gratis. Pero tampoco voy a decirte que con un artículo ya tienes un equipo.

Y cuando encuentres a alguien de la columna derecha, no te pongas a regatear el sueldo. Págale bien desde el primer día y dile por qué lo contrataste: “te contraté porque mientras esperabas le abriste la puerta a una señora”. Esa frase hace más por tu casa que tres juntas de motivación, porque dice qué se mide aquí. Y lo que se mide, se repite.

El lunes, antes de que se te ocurra publicar otra vacante, haz una sola cosa: escribe en media hoja las diez conductas que quieres ver en ese puesto, redactadas como las vería una cámara. Ésa es la vara con la que vas a entrevistar, la que vas a entregar el día uno y la que vas a contar desde la puerta a los treinta días. Pégala hoy mismo en el archivero, aunque todavía no tengas la vacante.

Preguntas frecuentes

¿Qué preguntas hacer en una entrevista de trabajo para gimnasio?
Preguntas de conducta pasada, no hipotéticas. Las nueve que uso piden un hecho con fecha y nombre: el último cliente que se puso enojado enfrente y qué hizo en los cinco minutos siguientes; la última vez que hizo algo sin que se lo pidieran; por qué se salió del último trabajo y qué lo habría hecho quedarse; a qué hora llegaba y a qué hora entraba; y tres clientes de su empleo anterior por su nombre. Toman unos 40 minutos. Después de cada respuesta, una sola repregunta: ahí se cae el que está inventando.
¿Cuánto dura el periodo a prueba según la ley en México?
El artículo 39-A de la Ley Federal del Trabajo fija un máximo de 30 días para puestos operativos, en relaciones por tiempo indeterminado o mayores a 180 días. Se extiende hasta 180 días sólo en puestos de dirección, gerenciales o labores técnicas y profesionales especializadas, que no es el caso de recepción ni de entrenador de piso. El artículo 39-D añade que es improrrogable y que no puede aplicarse dos veces al mismo trabajador en la misma empresa, ni aun en un puesto distinto. Durante la prueba se paga salario completo y corre el alta en el IMSS.
¿Cómo hacer una prueba de trabajo a un recepcionista de gimnasio?
Noventa minutos pagados en hora pico, de 6:00 a 7:30 de la tarde, con socios reales y acompañado por tu recepcionista actual, no por ti. Le pides saludar, registrar entradas, contestar dos WhatsApp con el guion y atender a un prospecto. Observas seis cosas: si voltea cuando entra alguien, si se levanta, si mira a los ojos, si usa el nombre, si pregunta cuando no sabe y qué hace en los huecos sin gente. Al cerrar, diez minutos: cuántos nombres retuvo. Dos es normal, cinco es excelente, cero lo descarta.
¿Es mala idea contratar a un conocido o a un socio del gimnasio?
El problema no es la persona, es la asimetría: a un conocido no lo corriges, no lo descuentas ni lo corres igual, y tu equipo lo nota en semanas. En el momento en que uno se rige por reglas distintas, pierdes autoridad para pedir cualquier cosa a los demás. Si ya lo contrataste, se arregla con una conversación de diez minutos fuera del gimnasio donde le dices que a partir del lunes aplica el mismo estándar que a todos, y lo cumples esa misma semana con la primera corrección pendiente. Si no te sientes capaz de cumplirlo, mejor termina la relación laboral limpio.
¿Qué le pregunto al jefe anterior de un candidato?
Nunca “¿cómo era?”, porque nadie habla mal por teléfono. Cinco preguntas en orden: ¿volvería a contratarlo?, ¿en qué puesto sí y en cuál no?, ¿cómo reaccionaba cuando usted lo corregía?, ¿faltó sin avisar y cuántas veces en el año?, y la que abre todo: si yo lo contrato, ¿qué me recomienda cuidarle desde el primer mes? Esa última casi siempre entrega la falla real disfrazada de consejo. Son dos llamadas de seis minutos; si en la segunda te dicen lo mismo que en la primera, ya tienes la respuesta.